por Virginia Quintanar
“Y nadie podrá robarles esa alegría.” — Juan 16:22
Durante mucho tiempo, esas palabras no significaban mucho para mí. Las leía, pero no las sentía. No podía sentirlas, porque ni siquiera tenía alegría para empezar.
Pertenecí al mundo por muchos años. Era como si caminara en un cuarto oscuro, sin ventanas, sin puertas y sin luz. Y cada dirección a la que volteaba, solo había más oscuridad.
Por fuera, y para otras personas, yo parecía estar bien: reía, saludaba, hacía lo que se esperaba de mí. Pero por dentro estaba vacía. Como un robot funcionando sin sentimientos, sin propósito y sin esperanza.
La Vida en un Cuarto Oscuro
Cada día era una batalla por sobrevivir. Levantarme de la cama era difícil. Mi primer pensamiento cada mañana era: “Para qué? Dios, porque no pudiste dejarme morir mientras dormía?”
No tenía razones para vivir. Al menos eso pensaba, porque estaba atrapada en mi mente, reviviendo mis traumas y repitiendo dolores antiguos. Constantemente pensaba en terminar con mi vida.
Una vez, manejé hasta el trabajo y me di cuenta de que no recordaba ni una sola calle por la que había pasado. Estaba completamente perdida en mis pensamientos, y esos pensamientos eran oscuros. A veces imaginaba morir en un accidente de carro. Parecía la manera más simple de detener el dolor.
Pero incluso entonces, el miedo me detenía. Y si no moría? Y si quedaba peor?
Fue entonces cuando empecé a orar oraciones que eran más como gritos de auxilio: “Dios, si Tú me diste la vida, no puedes quitármela? No he sufrido ya suficiente?”
Dios no respondió mi oración terminando mi vida. La respondió salvándola.
Mi primer encuentro real con Jesús ocurrió en el 2012. Tuve un accidente terrible; el carro daba vueltas cuesta abajo, y yo estaba segura de que iba a morir. Pero en medio del caos, sentí algo — como unos brazos rodeándome. Una voz susurró: “Nada te va a pasar.”
Entonces todo se detuvo. El carro se quedó quieto, y una paz abrumadora me llenó.
Por primera vez, un pensamiento entró en mi corazón que no venía del miedo ni de la desesperación: Y si sigues aquí porque hay un propósito para ti?
En ese momento, una semilla fue plantada.
En los años siguientes, tuve dos accidentes más serios. El último, en el 2017, involucró a toda mi familia — un choque de cuatro autos en la autopista de San Diego. Nuestro carro quedó destruido. Algunos ni siquiera llevábamos cinturón de seguridad. Pero de alguna manera, todos salimos ilesos.
La misma voz volvió: “Tienes propósito. No solo tú, sino tu familia también.”
Esta vez, escuché.
Empecé a orar: “Dios, si hay una razón por la que sigo aquí, por favor muéstrame a dónde ir.”
Esa oración se volvió el primer paso de mi camino hacia Él. Todavía luchaba, todavía peleaba contra la oscuridad, pero me negaba a rendirme.
Fui la primera en mi familia en empezar a buscar a Dios, y comencé a orar por ellos también. Recuerdo haber dicho: “Cuando mi hermana venga al Señor, va a estar encendida por Él.” No lo sabía en ese momento, pero estaba hablando vida sobre ella — y Dios estaba escuchando.
Años después, mi hermana llegó a conocer a Jesús. Y cuando lo hizo, reavivó aún más mi fe.
Fue entonces cuando decidí: Nunca voy a regresar.
VIVA OTRA VEZ
Antes de Jesús, yo era como una muerta caminando — respirando, pero no realmente viva. Un día, mientras manejaba junto a un cementerio, pensé: “Cuál es la diferencia entre ellos y yo?”
La respuesta llegó rápido: Jesús!
Ellos estaban físicamente muertos, pero yo había estado espiritualmente muerta. La única diferencia era que la gracia de Dios me había alcanzado.
Ahora veo la vida de una manera diferente. Le doy gracias a Dios por todo — mis manos, mis pies, mi trabajo, mi hogar, incluso por cosas pequeñas como el paso de una mariposa o el calor del sol en mi rostro. Una vez encontré una hoja con forma de corazón y susurré: Gracias, Dios.
A veces me detengo y me pregunto: “Quién eres?” Porque casi no reconozco a la persona que solía ser.
Y Ahora Nadie Me Quitará Mi Gozo
Cuando no tenía a Dios, mi felicidad dependía de las circunstancias. Si alguien me hería, arruinaba todo mi día. Si no conseguía lo que quería, me sentía inútil.
Intentaba llenar el vacío con cosas temporales: comprar cosas, beber, usar drogas. Nunca funcionó. La felicidad se desvanecía, y volvía a estar vacía.
Entonces conocí a Jesús. Él llenó ese vacío de una manera que nada más pudo. Pensé que yo lo estaba esperando a Él, pero realmente Él me había estado esperando a mí. Siempre estuvo ahí llamándome, protegiéndome, buscándome incluso cuando yo corría en la oscuridad.
Ahora entiendo lo que significa Juan 16:22: “Nadie podrá robarles esa alegría.”
Mi gozo ya no depende de personas ni circunstancias. Está anclado en Cristo — y nadie puede robármelo.
Cuando la tristeza intenta volver, corro a Su Palabra. Adoro. Oro. Me recuerdo: No soy quien solía ser. Estoy viva en Jesús.
Para Quien Esté Buscando
Si estás leyendo esto y te sientes vacío o perdido — si has intentado todo y aún no sientes nada — es Jesús lo que tu alma está anhelando. Ninguna droga, ninguna relación, ninguna cantidad de dinero llenará ese hueco en tu corazón. Lo sé, porque yo lo intenté todo.
La vida sin Jesús es sobrevivir. La vida con Él es vivir.
Perdí amigos en el camino, pero también perdí mi vacío, mi enojo, mi adicción a la gratificación instantánea. Lo que perdí no es nada comparado con lo que gané — paz, propósito y un gozo que no se puede quitar.
Cómo Conservo Mi Gozo
• Hablo con Él todos los días. Igual que hablaría con un amigo.
• Leo Su Palabra porque me recuerda quién es Él y quién soy yo en Él.
• Antes de levantarme de la cama, digo: “Gracias, Jesús, por otro día.”
• Lo adoro durante el día a través de música, palabras y gratitud.
Él se ha vuelto la parte más esencial de mi vida — tan necesario como el aire que respiro.



